EL TABASQUEÑO

Ludismo Milenarista


Héctor Tapia

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  • El miedo y rechazo a la tecnología que cambia hábitos
  • Todo en crisis: la fe, los valores, la solidaridad, la seguridad...

 

El tema que da título a esta cola­boración tiene como origen una charla escolar para padres a la que asistí recientemente. En ella, maestras de la escuela de mis hijos, conmocionadas, como todos, por la tragedia ocurrida recientemente en Torreón, decidieron aler­tarnos de lo que muchas veces nuestros hijos nos ‘gritan’ y no oímos por estar distraídos en nuestros smartphones.

La charla fue impartida por una psicóloga y una pedagoga y me ha parecido adecuada ante la trágica situación del colegio norteño. Escu­ché con atención cómo la preocupada psicóloga recomendaba a los padres guardar tabletas y teléfonos para convivir más de manera per­sonal, ponerle horario al uso de la tecnología, incluso restringirla a sólo un par de horas los fines de semana.

En su lugar recomendó motivarlos a jugar en el parque, a andar en bicicleta y a realizar activi­dades al aire libre. Pude notar en las palabras de las maestras un temor natural a la irremediable tendencia a la que nos enfrentamos, descon­fianza de alguna manera a la tecnología que ha invadido nuestra privacidad y que ha cambiado para siempre nuestros hábitos.

Confieso que también he discutido el tema en casa y que más de una ocasión he reprendi­do a mis hijos por estar aislados con audífonos viendo o jugando ‘en otro mundo’.

Yo nací en el siglo pasado, como la gran mayoría de los adultos contemporáneos, crecí jugando en la calle con mis amigos, arriba de los árboles, jugando béisbol o futbol en los campos, participé en torneos de trompos y canicas. Hoy mis hijos no saben que es eso, pero tampoco les quita el sueño realizar cualquiera de esas ‘anti­güedades’ que me hicieron feliz.

Escribo sobre este tema porque veo un des­concierto en la sociedad, hay temor ante lo que estamos viviendo, para donde miremos casi todo se ve en crisis: la fe, los valores, las costumbres, la solidaridad, la seguridad... hasta la política.

Pero existen múltiples razones para tratar de entender qué está pasando. La más importante que he encontrado al realizar una revisión de dife­rentes autores es que vivimos el fin de un milenio y el inicio de uno nuevo, es decir, estamos en un periodo extraordinario de transición, un posmodernismo que marca una nueva era en todos los sentidos. Y no es para menos.

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Un amigo preocupado por lo que observa en estos días recriminaba al aire con pesar: “Hoy los niños y los jóvenes quieren ser youtubers, no leen, se la viven metidos en Netflix, van a los McDonalds, no conocen los mercados, no saben de la pobreza”.

Gilles Lipovetsky, filósofo y sociólogo fran­cés, autor de La era del vacío advierte al respecto que no intentemos liberarnos de un asunto de civilización recurriendo a las generaciones, es decir culpando a los ‘jóvenes’.

El nuevo milenio sigue su marcha y a medida que se aleja de nuestro entendimiento tradicio­nal del mundo sentimos miedo y rechazo a lo que observamos, pero no podemos reducir lo que le su­cede a la sociedad a las dimensiones de los ‘jóvenes’,

‘¿Quién se ha salvado de este maremoto?’, cuestiona el autor milenarista, y alarga la lista de lo que ha entrado en crisis en esta nueva era: “el saber, el poder, el trabajo, el ejército, la familia, la Iglesia, los partidos, etc., ya han dejado globalmente de funcionar como principios absolutos e intocables y en distintos grados ya nadie cree en ellos”.

Por ejemplo: ¿Quién cree aún en la familia cuando los índices de divorcios no paran de aumentar y cuando los viejos son expulsados a los asilos? “Antes no te podías divorciar porque la familia era más importante que el individuo. Aho­ra el individuo es más importante que la familia como institución. Eso es la individualización.”

Gilles es duro, dice que el individualismo, signo de esta transición milenarista nos ha dado demasiadas libertades y el tener que decidir nos provoca estrés... Antes esas decisiones las toma­ba la iglesia o el Poder y sólo se tenían que acatar, porque así estaban determinadas.

George Duby, autor de Año 1000, año 2000 las huellas de nuestros miedos, nos muestra cómo hasta fechas recientes la lógica de la vida política, productiva, moral, escolar de la socie­dad, consistía en sumergir a las personas en reglas uniformes, eliminando las formas de preferencias y expresiones particulares, usando para ello métodos como leyes homogéneas, ‘la voluntad general’, el imperativo moral y en caso extremos la sumisión y abnegación.

Las diferencias entre las personas que vivieron hace ocho o diez siglos y las actuales radican en el triunfo de los derechos que nos han llevado a nuevos fines y legitimidades sociales: el disfrute de la vida como un valor, el respeto por las diferencias, el culto a la liberación personal, la libre expresión, el relajamiento, el humor y la sin­ceridad. Dejando atrás la edad del autoritarismo.

Cuando el Gobierno e incluso la propia Iglesia hablan del rescate de los valores sociales, éstos en realidad son llamados ilusorios, pues tras el triunfo del individualismo nacieron nuevos va­lores que a su vez se han ido transformando y lo seguirán haciendo a voluntad de los individuos.

Mas que una falta de valores hay un aban­dono de valores por parte de la civilización, la solidaridad primitiva que ayudó a la sobrevi­vencia en tiempos de hambruna estuvo anclada en el espíritu de los hombres de la edad media y hoy ha quedado destruída.

El filósofo Gilles Lipovetsky lo dice clara­mente: “Todos los grandes valores y finalidades que organizaron las épocas pasadas se encuen­tran vaciados de su sustancia”. Las masas los han abandonado.

 

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Apagar la laptop, hacer a un lado el smartpho­ne y la tableta, olvidarnos por instantes de que existen y seguir relacionándonos como en el siglo pasado, es un grito desesperado de maestros y padres de familia que observamos cómo nues­tros hijos y nosotros mismos vamos perdiendo costumbres y formas tradicionales de mantener la integración familiar.

El miedo es natural, el nuevo milenio avanza, todo inicio de siglo suele venir acompañado de un aluvión de cambios, no olvidemos que la historia registra que en 1811 hombres y mujeres -conoci­dos como Ludistas- se organizaban para destruir máquinas de telares ante el temor al desempleo durante la revolución industrial.

José Angel, el alumno de 11 años de sexto de primaria que atacó a balazos a maestros y alumnos de Torreón y después se suicidó, no fue víctima de la tecnología que desarrolla videojuegos, pero sí lo fue de la mala fortuna de nacer en una familia descompuesta, pero no a causa de la tecnología o de la modernidad, sino de la maldad, de la vida fácil, del crimen, y eso, tristemente, siempre ha existido, desde el inicio de los tiempos.

 

 

“Se vive el mejor de los tiempos, pero también el peor de los tiempos”.

 

HISTORIA DE DOS CIUDADES,

CHARLES DICKENS

 

 



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