LÍNEA ECONÓMICA

Ni mano invisible ni mercado


Javier Lagunas

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Durante su reciente gira a Tabasco, el presi­dente Andrés Manuel López Obrador, reve­ló algo que de alguna manera fue un secreto a voces desde los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto: la intención de entre­gar el sector eléctrico a firmas privadas, es de­cir, que la CFE cesaría toda operación de sus plantas para ceder la generación y distribución a esas empresas mediante un esquema privati­zador. La presión social, política y el tiempo les impidió lograrlo del todo y será el propio Esta­do, mediante la CFE quien se encargue de ello lo cual, posibilitará en el mediano y largo pla­zos reducir sustancialmente las tarifas tanto domesticas como industriales.

Cabe destacar que de haber accedido a la presidencia José Antonio Meade o Ricardo Anaya, lo más probable es que a estas fe­chas se tuviese un modelo armado para que el siguiente año, las compañías privadas genera­sen la electricidad y cobrasen por el suministro con insensibles y altaneros criterios mercanti­listas-financieros.

No se trata de posturas nacionalistas ni es­tatistas a ultranza, es asunto de sentido común; hay temas o sectores que NO pueden quedar en la exclusiva esfera del mercado ni de la “mano invisible”, lo mismo que en el petróleo, el gas, la energía nuclear, la potabilización y distribu­ción de agua entre otros igual de vitales para el desarrollo y la salud humana, la intervención y/o participación del Estado es imprescindible para generar equilibrios o erigirse, por qué no, como un factor de competencia entre los gru­pos privados que oferten el mismo servicio o participen en los mismos sectores; de ese mo­do se posibilita contener eventuales abusos o prácticas monopólicas que pueden llegar a ejercer presión de orden político y afectar la so­beranía e independencia.

Como se explica, el Estado NO debe sus­traerse a su papel regulador en esas áreas por­que no se trata de bienes suntuosos o de mera satisfacción material, sino de energía, agua y salud vitales para la subsistencia. Por supues­to, creemos en el mercado, en la libre compe­tencia, en el mérito de la inventiva y el espíritu emprendedor, pero no todo debe ser sometido sólo a la oferta y la demanda ni a los caprichos de enormes corporaciones que, de dejarlas sin control, podrían generar graves crisis.

 



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