VECTOR X

Gobierno, prensa y sabotaje


Luis Antonio Vidal

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EL FRACASO DEL GOBIERNO NUÑISTA NACIÓ DE LA PROPIA INCOMPETENCIA DEL JEFE.
 
Apenas iniciaba su gobierno, cuando Arturo Núñez reunió a todo su gabinete para dar línea en torno a diversos asuntos, directrices diseñadas con su sello personal, salpimentadas de revanchismo, y otros resentimientos propios de quien a destiempo llegaba al cargo público más importante de su carrera. 
 
Taladró en la conciencia de sus colaboradores el tema de la relación con los medios de comunicación, centralizada toda, desde la difusión institucional hasta el trato personal con los comunicadores.
 
Ningún funcionario tenía permiso de compartir información con los periodistas, salvo con la anuencia del mismo Gobernador o de su coordinadora de Comunicación Social quien, como todo mundo sabe, se esmeró con singular dedicación en socavar la imagen de su jefe, y crearle enemistades por sus rupestres modales.
 
Más allá de la instrucción, Núñez soltó en ese encuentro una advertencia: “Aquel funcionario que no acate los lineamientos de la política de comunicación social que estoy dando, no solamente entenderé que me está desobedeciendo, sino que lo tomaré como parte de un sabotaje a mi gobierno”. Un exceso, pero así lo dijo. Sin embargo, el sabotaje a su gobierno no surgió de una relación “indebida” o en lo “oscurito” de funcionarios con los medios de comunicación. La conspiración se gestó en la falta de oficio del mismo mandatario (confesó que se le diera tiempo de aprender porque nunca había sido Gobernador), en la mediocridad de sus colaboradores más cercanos, en la deshonestidad de sus familiares haciendo negocios con el erario.
 
El fracaso del gobierno nuñista nació de la propia incompetencia del jefe.
 
Hoy, discretamente, se debate hacia dónde va la relación entre los medios y el gobierno emergente de la 4T.
 
Evaristo Hernández reveló hace unos días, movido por la indiscreción, que el Gobernador tiró línea a los alcaldes de cómo tratar a la prensa; en respuesta, el aludido negó tal versión.
 
En público, nadie acepta la paternidad del desdén. En privado, el asunto es diferente. La prensa no sabotea. La incompetencia sí.
 


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