INVITADO

Atentado fallido


Laureano Naranjo Cobian

El 24 de diciembre del año 1800, todavía dentro del siglo XVIII, una fuerte explosión se escuchó en París. Había estallado un primitivo coche-bomba justo en el momento en el que iba pasando el entonces primer Cónsul de Francia, Napoleón Bonaparte, hijo de Leticia Ramolino. El atentado causó muchos fallecidos y diversos estragos.
 
Un retraso en la combustión de la mecha que detonaría el barril de pólvora, salvó la vida del futuro emperador de Francia. Luego del ataque, surgieron diversas especulaciones. Pero el más informado era el astuto y escurridizo jefe de la policía, el inefable José Fouché. Mientras Napoleón creía que cuando acudía al teatro, los jacobinos habían urdido el atentado, Fouché afirmaba con toda seguridad de que habían sido los realistas. Finalmente se comprobó que el antiguo amigo de Robespierre tenía la razón.
 
Habían sido los realistas quienes habían fraguado el crimen. Los autores intelectuales eran conspiradores monárquicos apoyados por Inglaterra. Este hecho histórico, de alguna manera contribuyó a despejarle el camino hacia el imperio al llamado Gran Corso. Y sí. En diciembre de 1804, Bonaparte hizo venir desde Roma al entonces llamado Sumo Pontífice Barnaba Niccolò Maria Luigi Chiaramonti, Pío VII. Para que le ciñera la corona de Emperador en la célebre catedral de Notre Dame y cuando el Papa se acercó para ponérsela, Napoleón se la quitó suavemente y se la colocó él. ¿Para qué lo trajo desde tan lejos? Así era. Hay como 25 biografías de este hombre nacido en 1769 en la isla de Córcega. Un día diremos quién era realmente este genial artillero que se enamoró de Josefina, mujer originaria de la Martinica y que era seis años mayor que él. Muchos años después en 1858, un cercano pariente del derrotado en Waterloo, el feo Napoleón tercero, también sufrió un atentado cuando avanzaba junto a su esposa la española Eugenia de Montijo a presenciar la Ópera, pero esa es otra historia.

 



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